Origen

Posted on 21 diciembre, 2010

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No he podido evitar acordarme del día en que vi “Tesis”, de Amenábar. Quizá fuera la expectativa que me crearon que me impidió ser totalmente objetivo a la hora de valorarla, ya se sabe que cuando a uno le prometen la quintaesencia, la cuartaescencia sabe a ausencia de esencia. Me pareció un película de mala a muy mala, pero su director ya ha pasado a la categoría de genio indiscutible del cine y no hay quien le tosa. Si dices en voz alta que no te gustan sus películas, te arriesgas a ser tachado de cultureta, de persona que rechaza, de principio, cualquier trabajo avalado por el éxito popular.

Teorías beamurguianas (I):

El clamor popular ni garantiza ni niega la calidad. Son dos varas de medir distintas, X e Y  colocadas en un eje cartesiano.

Origen (II):

Como soy inocente de culturetismo irracional, porque me entusiasman, por distintos motivos, “La lista de Schindler”, “Salvar al soldado Ryan” o “El día de la bestia” y todas son pelis de éxito, puedo decir que “Tesis” me pareció una trama de intriga facilona y mal resuelta. Pero “Abre los ojos” es peor que mala, es tramposa, es un nudo gordiano de hormigón armado que no se resuelve ni a golpe de martillo neumático (la espada se partió a la primera).

Con esta premisa, llego a “Origen”, de Christopher Nolan, recomendadísima, sobre todo por algún buen amigo mío aficionado a Dan Brown. Yo siempre hago caso a mis amigos, sobre todo si les quiero con toda mi alma, aunque ellos no me hagan ni puto caso a mí.

Me planté ante la película con el entusiasmo de compartir con Chechu el gusto por “Mátrix”, que, según él, es filosofía y, según yo, es paradoja, material sobre el que pensar, pero no sobre el que concluir, y me di de bruces con algo que ya han contado muchos antes que Nolan, antes que Amenábar, antes que Calderón de la Barca y Descartes.

La imposibilidad de distinguir la vigilia del sueño. Platón. “La república”. El mito de caverna.

Advertencia (I):

Me dispongo a destrozar  “Origen”, por si usted no la ha visto. Sería buena cosa que no leyera esta entrada hasta el final. Le pondré una advertencia (II) como punto de no retorno.

Origen (III):

Lo que me pareció tramposo de “Abre los ojos” es que plantea la paradoja del sueño, pero se queda instalada en ella. La paradoja del sueño, enunciada por Descartes como principio del racionalismo, es la imposibilidad de distinguir la vigilia del sueño. Termina la película, después de dar saltos entre el mundo despierto y el dormido, sin acabar de contarte en cuál de las dos esferas acabas. Es más: termina la película y te vuelve a plantear la duda, que queda como una coletilla para que el espectador le dé a la mollera por su cuenta, pero sin darle argumentos para superar el debate: sencillamente te introduce en el mismo bucle y te abandona a tu suerte.

Acotación (I):

Tengo un día de perros, con no pocos problemas personales y profesional… Voy a pellizcarme a ver si estoy despierto.

¡Ay!

Aún dudo… ¿Qué es la vida? Un frenesí. Voy a por unos alicates.

¡JODER!

Estoy despierto y sangrando. Pues preferiría estar soñando o, al menos, en la cama.

Origen (IV):

Tengo que reconocer que si hubiera un Óscar a la ambientación, “Origen” lo ganaría de calle, porque es impresionante la manera en que se reproduce lo onírico en la película, como se viste la imagen con una nube de irrealidad magnífica y flotante.

Advertencia (II):

Casi se me olvida el punto de no retorno.

Origen (V):

A diferencia de otros intentos de plantear la paradoja del sueño, “Origen” tiene, para mi gusto, un guión bastante sólido, sobre todo porque se enreda mucho en la madeja del sueño dentro del sueño. Otras, menos ambiciosas, se han conformado con presentar los dos planos, vigilia y sueño, y engañar al espectador jugando con su confianza. En este sentido, es fácil que una persona salga del cine sin saber identificar uno y otro (y alguno flipado por lo que ha visto), porque una vez que uno se ha metido de lleno en la película no existen diferencias perceptibles entre lo soñado y lo real y, por tanto, confías en que el autor te esté contando la historia tal y como es. Sin embargo, no es así y las constantes señales equívocas y un final que no zanja el dilema, contribuye a una salida del cine cartesiana, que no es “Cogito ergo sum” (“Dudo, luego soy”) sino el paso anterior: la imposibilidad de distinguir la vigilia del sueño.

Al cine siempre se le ha llamado fábrica de sueños porque tiene la capacidad de introducir a su espectador en una nueva realidad, a lo que contribuyen la oscuridad de la sala, la enorme pantalla (cuanto más grande, mejor) y el sonido atronador. Estas tres características, sumadas al interés por la cinta, son esenciales para abrir la mente del espectador y atraer su atención al cien por cien, de manera que, durante dos horas, se produce la imposibilidad de distinguir la realidad de la ficción.

Sólo en algunos casos, como en “Mar adentro”, un picor de culo (o de piernas), el ruidito lacerante de un aire acondicionado, el deseo de matar al chaval de tu derecha, sumados a un guión mentiroso y retorcido, un cura en sillas de ruedas prometiendo la condenación eterna, consiguen que uno no se meta en la película y distinga perfectamente la realidad de la ficción.

Digresión:

En el caso concreto de “Mar adentro” fue precisamente Amenábar, a la hora de construir su guión, quien no distinguió bien la verdad de lo que él necesitaba para presentar el tema de la eutanasia de manera sectaria.

Pero ese es otro tema.

Origen (y VI):

Cuando uno se encuentra totalmente absorbido por lo que está viendo, las dos horas de película parecen un suspiro, salimos de nuestro cuerpo y entregamos nuestra mente, como en un sueño, a la pantalla.

Sin embargo, hay pequeños detalles… Ahora mismo empiezas a sentir los dedos de los pies. Los calcetines te incomodan. Te das cuenta de que no has colocado bien el culo sobre el asiento. Te pica una ceja. El flequillo te molesta sobre la frente (en algunos casos). Un ligero picor en las plantas de los pies. El desconocido/a de tu derecha te ha tocado la pierna (¿sin querer?)… Acabas de volver a la realidad. Y sobre eso, salvo algún paranoico, no hay ni sombra de duda.

Casi podríamos cambiar la formulación a “Me tocan la pierna, luego soy”.

Viendo “Origen” es fácil darse cuenta de que el niño de “Único testigo” ha afeado mucho con la edad, pero en la escena en que la mujer se tira por la ventana, yo ya decidí que ella tenía razón y que quien  está atrapado en el limbo es Di Caprio. Es claro que la proyección constante de la mujer en sus sueños, no es un producto de la mente del protagonista, sino que es ella que se mete en los sueños de él para intentar devolverlo a la realidad.

La prueba final es el totem que no para de girar, aunque te queda la duda de si el totem parará de girar después de haber cortado el plano.

“Matrix” es buena porque no deja que el espectador dude, en ningún momento, sobre el engaño intrincado de las máquinas para mantener a los hombres esclavos, pilas, en una realidad virtual.

“Abre los ojos” es mala porque podría seguir dando vueltas al mismo bucle por todos los siglos, sin que el espectador sepa si se trata de un sueño o de una realidad.

Y “Origen”… “Origen” sólo es buena si, finalmente, Di Caprio está soñando… Si no fuera así, sería la misma caca.

¿Usted, que la ha visto, qué opina?

Soñando que se va de viaje con unos amigos a Grecia en breve, X.Bea-Murguía

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Posted in: Cine